| ¿Las fantasías forman parte de la vida erótica de hombres y mujeres. En la pareja se registran transformaciones: la mujer que antaño las alimentaba por lo bajo, ahora se anima a expresarlas. ¿Qué papel cumplen las fantasías en una relación? Testimonios y la opinión de un especialista.
Con el desconocido que se sentó al lado en el colectivo, con la compañera de trabajo o con un “famoso”. De a muchos, de a varios, de a uno. En público o a escondidas y espiando. Acrobáticas o intimistas. Inverosímiles o realizables. Las fantasías alimentan la vida erótica de hombres y mujeres. Pero ¿pueden compartirse con la pareja? ¿Deben realizarse?
“Fantasías ¿cómo no voy a tener?”, repregunta Eliana L. de 24 años, estudiante “me costó un poco, pero con el tiempo aprendí a decirlas. Creo que me animé más que por la confianza, por una cuestión de afinidad de deseos, gustos en común con la otra persona. Pero la verdad, no siempre las pude concretar. Una que tengo hace bastante es la de estar con dos hombres. Se lo propuse a algunas de las parejas que tuve, pero no... En una ocasión porque él no estaba preparado y no se copó, en otra, porque yo arrugué. Pero bueno, todo a su debido tiempo”, agrega tranquila.
Casi todo puede convertirse en materia irradiante dentro de la cabeza. Lo que no es sinónimo de poder ponerlo en palabras y mucho menos llevarlo al plano de la práctica. Nadie duda de que siempre existieron, independientemente de que se las tratara de reprimir, obviar o deslizar. Pero si hay algo que comienzan a registrar tanto hombres como mujeres, es que en reiteradas ocasiones, las fantasías de las mentes se están haciendo más presentes.
“Las fantasías sexuales son una construcción, un cruce entre el imaginario social y la historia personal”, define el psicólogo Gabriel Espiño. “Se van configurando en las distintas etapas que atraviesa el individuo. A su vez, dependen de una mezcla entre la sensibilidad erógena –que es diferente en cada ser- y las pautas familiares de crianza (permisivas, represoras, etc.)”. El entorno en el que la persona fue educada influye a la hora de contornear las preferencias sexuales, pero no es determinante.
Las “películas” se pueden cumplir, pero nunca en un ciento por ciento, y apenas se las satisface surgen unas nuevas. La del deseo es una lógica dinámica, en la cual más que un contenido específico de género (femenino-masculino), lo que la define es quién la elucubra y enuncia. “Históricamente las diferencias se daban en que el hombre buscaba la inmediatez, el vuelo corto y el agotamiento en la realización”, explica el profesional, “mientras que en la mujer, se registraba un encadenamiento de fantasías que van más allá, pues su estructura es abierta y le cuesta conformarse. Ella era activa a su manera, por ejemplo, diciendo permito que me hagan esto y aquello no. Es decir, poniendo los límites, pero prestándose a hacer también. Pero eso está trastocándose considerablemente”.
De hecho, hombres y mujeres admiten fantasías en muchos casos coincidentes: el sexo grupal o los tríos, encuentros pasionales con completos desconocidos, o con famosos, por ejemplo, son mencionados indistintamente por los consultados. “Sacando la típica (dos minas para mí solo) yo fantaseo mucho con la posibilidad de estar espiando
a una mujer cuando se masturba, sin saber que yo estoy mirándola. También fantaseo con hacerlo con alguna mujer que me guste y me atraiga mucho, que acabo de conocer y que casi no he hablado antes, y que después de consumar el acto sexual, cada uno sigue por su lado...”, confiesa Agustín Z., de 26 años, empleado. Por su parte, Andrea A., de la misma edad, también empleada, opina “que la fantasía es la del triángulo amoroso hombre-hombre-mujer y junto con ello todo lo que exceda el encuentro de a dos”.
Con respecto a concretar los que uno imagina, Luis R. de 24 años, murmura: “es más fácil hablar de fantasías con una amiga que con una pareja en la cama, porque hay algunas más aceptadas que otras y a veces es difícil compartir las más “oscuras”. Pero al margen, una pareja que tuve era de decirme lo que imaginaba, como tener relaciones sexuales dentro del auto en un lugar público o en un rincón medio vacío de una fiesta de casamiento. Y yo me enganchaba”.
Las historias se repiten y no. Y resulta dificultoso generalizar. María Pía R., arquitecta, de 28 años confiesa “a mí siempre me dio vergüenza hablar del tema, tanto con mi novio como con mis amigas. Pero leí “Las edades de Lulú” y me solté, no sé. Me excitaba la idea de que me ataran a una silla y me dejaran al borde del climax o tener una experiencia swinger. Una noche en la que no estaba sobria, se lo conté a mi novio. El final fue triste: puso cara de asco y quedó como espantado, algo se quebró. Al tiempito cortamos –obviamente, otros factores influyeron- y yo ahora estoy de novia con otro hombre, que es mucho más abierto y me hace sentir libre”.
Ante los cambios operados, no todos los hombres reaccionan de la misma manera, “a algunos les despierta cuestiones fóbicas”, sostiene Espiño, “les da miedo, pues están estructurados de forma más tradicional y les da rechazo estar con una mujer más activa. Mientras que otros, dichosos, actúan más como “adultos” y pueden disfrutar de una relación más plena para los dos”. Y concluye “en última instancia, se trata de compartir un vínculo más rico, complejo y menos acomplejado”. |