| Lo primero que los padres dan a los hijos es la vida. Con este acto de tan profunda realización le dan todo lo que tienen. No pueden ni agregar ni restar nada. En esta consumación del amor el padre y la madre lo dan todo. Que el hijo tome la vida tal como los padres se la dan sin omitir ni querer eliminar nada es un orden del amor.
El hijo es sus padres y si asiente a sus padres tal cual como son asiente a la vida que viene de lejos y a través de ellos. Este tomar le permite sintonizar con la vida y llevar adelante su desarrollo con todas sus potencialidades traspasando a sus propios hijos luego lo que tomo.
En cambio quien dice tal cual como son mis padres no los quiero, sustituye el tomar por el exigir y el reproche, el resultado es que los hijos se sienten vacíos e inactivos y no pueden estar en paz consigo mismo. El tomar al padre y a la madre es un proceso curativo. Cuando uno de los padres queda excluido el hijo sólo está a medias, nota la falta y es la base de la depresión.
Los hijos que piensan que tomando a sus padres en su totalidad asimilarían lo negativo de ellos pierden sin embargo lo bueno de ellos y no pueden encontrar su propia identidad quedando unidos en el reproche infantil. Del miedo a hacerse como los padres resulta que el hijo esta constantemente mirándolos. El desprenderse de los padres y crear lo propio requiere del finalizar con el reclamo del "me han dado demasiado poco, o aun me deben o lo que me dieron y en la forma que me lo dieron ha sido equivocado". De esta manera los hijos quedan íntimamente ligados a los padres pero de un modo patológico.
Ni el hijo tiene a los padres, ni los padres tienen al hijo. Tiene a los padres delante de sí y el hijo no puede avanzar. En cambio si los toma los tiene detrás toma su fuerza y puede avanzar y emprender su camino. La despedida se logra en cuanto tomo todo lo que me dieron y reconozco a mis padres con sus posibilidades y sus límites.
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