Comer rápido

Comer rápido

Hamburguesas y pizzas aparecen como el máximo exponente de la comida rápida, mientras que precocinados y congelados son los reyes de la alimentación casera cuando el tiempo no sobra.

Comer a toda velocidad porque hay que volver a la oficina o cenar cualquier cosa porque uno llega agotado del trabajo son dos hechos comunes en esta sociedad de prisas. Aunque se considera que rapidez y salud son extremos irreconciliables en temas de comida, la realidad no es exactamente así. Elegir los menús adecuados y recetas fáciles y sanas son algunas de las claves que permiten compatibilizar escasez de tiempo y dieta equilibrada.

Hamburguesas y pizzas aparecen como el máximo exponente de la comida rápida, mientras que precocinados y congelados son los reyes de la alimentación casera cuando el tiempo no sobra. Cada vez son más los que echan mano de unas y otros para resolver algo tan básico como la nutrición diaria. Pero comer rápido no implica comer mal; aunque la velocidad no es buena compañera de las dietas sanas, tampoco es un obstáculo insalvable.

En primer lugar, lo de la comida rápida no es un invento reciente ni americano. Un bocadillo de tortilla o de jamón con una caña de vino, tan tradicionales en España, son variantes patrias del mismo fenómeno. Bien es cierto que esta costumbre arraiga más en cuestiones económicas (es una opción barata) que de falta de tiempo, pero este último aspecto ha ayudado a consolidarla.

Las dietas basadas en proteínas animales (carne) y grasas (aceites vegetales para frituras y mayonesas) son desequilibradas, ya que en ellas escasean componentes esenciales como fruta, verduras, hortalizas y lácteos; además suelen integrar quesos grasos (presentes en pizzas y hamburguesas), refrescos repletos de azúcar y patatas fritas llenas de calorías. Sin embargo, hasta en una pizzería, una hamburguesería o un bar es posible elegir alternativas saludables. A saber: se puede pedir una hamburguesa sin queso ni mayonesa y aliñarla sólo con tomate, optar por una botella de agua o un zumo natural y renunciar a postres basados en tarta y helado, sustituyéndolos por una manzana, que puede llevar uno mismo y que se come en pocos minutos.

Respecto a las pizzas, es posible tomarlas sólo con ingredientes vegetales en vez de carne o escogerlas de atún, que es rico en sanos ácidos omega 3. En los bares de toda la vida, también se pueden elegir platos y menús más saludables: pollo asado en vez de salchichas y un bocadillo de jamón en lugar de uno de bacón frito, y acompañarlos de tomate y lechuga en vez de patatas chips. Muchos establecimientos de este tipo ofrecen ensaladas y salteados de verdura, arroces, así como recetas tradicionales compuestas por legumbres. De un cocido, resultan adecuados y deliciosos la sopa y los garbanzos junto a la verdura, un poco de pollo sin piel y un trocito de carne hervida, dejando para contadas ocasiones el chorizo, la morcilla y el tocino. También es importante escoger un restaurante o cafetería que ofrezca garantías (buenos productos y limpieza) frente a lugares más baratos pero que hagan sospechar de su higiene y el estado de los ingredientes con los que cocinan. Respecto a los postres, la fruta es una opción llena de vitaminas y fibra que se puede alternar con yogures, algún postre casero (flanes) o sorbetes.

Hoy por hoy, en las grandes ciudades comienzan a proliferar establecimientos especializados en comidas ligeras y equilibradas. Se come deprisa pero algo más sano a base de sandwiches vegetales, ensaladas de pasta y zumos naturales o acudiendo a locales de cocina japonesa, que brindan platos poco calóricos y sanos compuestos por pescados azules, sopas y verduras rebozadas sin apenas aceite. Como se puede ver, comer rápido y fuera de casa no ayuda a comer sano, pero la posibilidad de hacerlo lo mejor posible radica en la elección personal. Multinacionales como McDonalds inauguran nuevos establecimientos con una consigna básica: menos grasas animales y menos aceites vegetales. El perfil dietético de sus productos cambia porque así lo demandan los consumidores; de hecho, parecen haber modificado su sistema de frituras para evitar los ácidos trans, grandes enemigos de la salud cardiovascular. Cadenas como Wendy tienen mucho éxito en EEUU gracias a su enorme lista de ensaladas y la calidad de las materias primas que emplean.

Pero, ¿qué pasa cuando uno llega a casa, cansado del trabajo y hay que preparar la cena? Sacar de la nevera un precocinado, freír en unos minutos unas croquetas congeladas o abrir una lata es de lo más habitual. El problema de este tipo de platos suele ser su alto contenido en sal, nefasta para la hipertensión, y el hecho de que se cocinan en aceite y suman calorías. Si se quieren tomar de vez en cuando, es básico leer las etiquetas, observar su contenido en sodio y grasas saturadas, y en el caso de las conservas, tener en cuenta si están elaboradas al natural y en aceite de oliva.

Otras opciones rápidas y más caseras son salteados de verduras realizados en el microondas con un poco de aceite de oliva y agua, un bocadillo integral con salmón ahumado o marinado acompañado de un huevo duro y mayonesa ligera, un perrito caliente con salchichas de pavo en vez de cerdo, un sandwich de atún con tomate natural, un filete de pollo a la plancha, ensaladas variadas (se venden bolsas con la verdura ya picada y lavada), un plato de pasta... Ninguna de estas recetas implican meterse en la cocina durante horas, son sencillas, apenas se ensucian cacharros y resultan equilibradas y de lo más saludables.

Por: Laura Ochoa


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